A veces, la historia no se cuenta desde las grandes trincheras o los despachos de los generales, sino desde la angustia cotidiana de un ciudadano que ve cómo su mundo se desmorona. Esto es exactamente lo que encontramos en el extraordinario manuscrito de Josep Morera i Miserachs, quien fuera alcalde de Igualada al estallar la Guerra Civil en el verano de 1936. A través de 36 páginas de memorias redactadas en tiempo real y con el pulso tembloroso, Morera nos lega un testimonio crudo, valiente y desgarrador sobre la barbarie que se apoderó de las calles.
El Colapso de la Normalidad
El relato de Morera comienza el sábado 18 de julio de 1936. Las noticias de la radio traen ecos de sublevación, pero en Igualada se respira una tensa espera. La clausura de los locales de la CEDA y el Centro Carlista marca el inicio de las precauciones. Durante esas primeras madrugadas, Morera, junto al jefe de la vigilancia municipal Antoni Castro, patrulla las calles intentando mantener un frágil orden.
El punto de inflexión llega el miércoles 22 de julio. Siguiendo órdenes de Barcelona, las fuerzas de la Guardia Civil abandonan Igualada en un autobús de la Hispano Igualadina. Es en ese exacto instante cuando, según el autor, "empieza la mala cizaña para la ciudad". Sin fuerzas de orden público, el vacío de poder es llenado inmediatamente por las milicias armadas y el recién formado Comité Antifascista.
La Llama de la Destrucción
Ese mismo 22 de julio, el patrimonio histórico y religioso de la ciudad sufre su primer gran golpe. Morera narra con indignación cómo las turbas saquean la rectoría y la iglesia de la Soledad, y posteriormente incendian el convento de los Capuchinos. Desde su posición en el Ayuntamiento, el alcalde intenta desesperadamente contactar con el consejero de Gobernación en Barcelona, Josep M. España. La respuesta oficial es demoledora: el orden público ahora pertenece al Comité y las milicias. No hay nada que hacer.
"Da asco vivir estos tiempos, no hay cerebro, me faltan calificativos por la magnitud de tanta maldad como se aprecia y uno lo nota cada día más que pasa."
El vandalismo se extiende a los conventos de las Escolapias, la Divina Pastora y los Escolapios. Morera relata cómo los hombres del Comité, luciendo sendas pistolas, se vanaglorian de haber "ventilado" la Iglesia. A pesar del peligro evidente para su propia vida, Morera no deja de plantar cara a dirigentes anarcosindicalistas como Joan Ferrer, recriminándoles la locura que se ha desatado.
La Caza del Hombre y el Terror Nocturno
A finales de julio, el saqueo de edificios da paso a algo mucho más oscuro: los asesinatos sistemáticos. El 29 de julio, Morera recibe una noticia que lo destroza personalmente. Su íntimo amigo, el reverendo Pere Creus, a quien describe casi como un familiar que había bautizado a todos sus hijos, es hallado asesinado y brutalmente mutilado en la Creu del Maginet.
Este crimen inaugura una macabra rutina de "paseos". Los coches requisados por las milicias recorren la comarca al amparo de la noche. Nombres de ciudadanos respetados comienzan a sumarse a la trágica lista: Agustí Franquesa (presidente de la Mutua de Incendios), el carpintero Camil Cortès, y Jaume Castelltort (apoderado de la Caixa de la Generalitat). Morera no duda en señalar a los responsables: la "banda de los matadores" surgida de las patrullas de control locales, dirigida por figuras como Riu, los hermanos Freixas y otros individuos conocidos en la ciudad.
La Masacre de La Pobla de Claramunt
El punto más álgido del horror documentado en la memoria llega el 17 de septiembre de 1936. Morera, cuya caligrafía se vuelve trémula según los transcriptores del documento, anota una "grande monstruosidad" que le impide continuar escribiendo con normalidad.
Esa madrugada, las patrullas sacaron de la prisión habilitada en la capilla de los Dolores a 18 ciudadanos. Entre ellos se encontraban el secretario del Ayuntamiento Francesc Xuclà, los hermanos Bausili, el secretario judicial Paquera, y los hermanos Riba. Fueron conducidos en autobuses al cementerio de La Pobla de Claramunt y asesinados a sangre fría. Morera relata cómo, según testigos, el responsable de ordenar los presos fue el miliciano conocido como "Magret", quien avisó a los dirigentes del POUM de que "ya estaba todo listo".
"...han sido no fusilados, es más barroeramente asesinados en el sitio indicado [...] están descompuestos de cara, que E.P.D. todos ellos, otra cosa siento no les pueda hacer, siento haber fracasado en mis desvelos para su bien, esto aclapara, deja abatido totalmente..."
El Valor de un Hombre Justo
Lo que hace que este manuscrito alcance un nivel histórico incalculable no es solo el recuento de las atrocidades, sino la postura de su autor. Josep Morera no se escondió. Día tras día, acudía al Ayuntamiento, visitaba a los detenidos en la cárcel, se enfrentaba a hombres armados como Riu y Ferrer para exigir liberaciones, y viajaba a Barcelona intentando, en vano, que la Generalitat enviara fuerzas para restablecer el orden.
Morera asumió el riesgo de que le llamaran "fascista" o de la "Quinta Columna" simplemente por defender la vida humana frente al fanatismo. En un entorno donde "no se sabía de quién fiarse", él utilizó su cargo para firmar salvoconductos, proteger legados como el del Hospital y salvar a quienes pudo, enfrentándose a un Tribunal Popular en la sombra.
Conclusión
El documento de Morera i Miserachs es un grito ahogado en medio de la sinrazón. Nos recuerda que las guerras civiles no solo destruyen infraestructuras, sino el tejido moral de las sociedades, permitiendo que el resentimiento y el instinto más bajo se disfracen de justicia revolucionaria. Sin embargo, también nos demuestra que, incluso en las horas más oscuras, siempre hay individuos dispuestos a jugarse la vida por mantener viva la chispa de la dignidad y la humanidad.